Sin aspavientos de falsas erudiciones, Ayer dejé de matarme gracias a ti Heiner Müller, trazuma lo proteico de un teatro experimental, transgresor, juego macabro y delicioso entre la tragedia y la vida misma; mientras pone en la cuerda floja los cánones seculares aprehendidos.
La república que construye Rogelio Orizondo con esta pieza, ganadora del Premio Virgilio Piñera en 2010, es un mundo y muchos al mismo tiempo.
Es el ayer y el hoy revueltos en concienzudo ajiaco donde, como reza el cartel filosófico del Cupet: El cliente no debe colgar la pistola, hasta habilitar la cantidad solicitada.
Ayer dejé de matarme… es una obra que se disfruta al leerla y al verla representada en las tablas, como ocurrió durante su estreno hace algún tiempo bajo la dirección de Mario Guerra, el espectáculo consiguió deslumbrar a algunos y dejar impávidos a otros.
Pero, sin dudas, la puesta se convirtió en un hecho memorable.
Esa dualidad se evidencia en el volumen desde el proceso de escritura, hasta la alusión futurista de Yoaine Hernández sobre el teatro láser, y es que no hay otro modo de aproximarse a esta dramaturgia de Orizondo que no sea desde las palabras entrecruzadas con la piel.
Al joven Rogelio Orizondo hay que seguirle las pistas, porque no es un novato en estas lides y quizás eso de seguir viviendo gracias a Müller haya presentado suficientes credenciales. Sin embargo, tanto el teatro como la vida tienen reglas profundas. Cuidado.
