De la culinaria a la escena

Anniett Martínez Pérez
28/ 02/ 2017

Escena de El Brindis de La Traviata, de G. Verdi. Foto: InternetBanquetes, fiestas o meros actos de la cotidiana tarea de alimentarse son los momentos que los compositores han aprovechado para poner su música, creando en algunos casos páginas celebérrimas.

Famoso es el brindis de La Traviata, al igual que frases como «la cena é pronta» o «andiamo a tavola» que, en muchos casos, única que el personaje de turno dice en toda la obra; pero que sirve para satisfacer su necesario momento de gloria en el espectáculo.

Tomando como punto de partida a Wolfgang Amadeus Mozart, de todos sus títulos donde la comida o la bebida adquieren protagonismo, en el que más se puede apreciar la complicidad de estos elementos es en Don Giovanni; donde las referencias son frecuentes y han hecho que alguno haya planteado, incluso, toda la obra como un festín.

Otras menciones aparecen en Cosí fan tutte, donde hay una expresa distinción entre el apetito o hambre que Guillermo siente después del llamado trío de la risa, comparado con Fernando, el otro protagonista, que en su famosa aria «un aura amorosa», declara poéticamente que sólo quiere alimentarse de amor.

Pero donde Mozart realiza una auténtica exaltación del vino y las mujeres es en El Rapto en el Serrallo, donde Pedrillo y Osmin cantan el famoso dúo «Vivat Bacchus» que acaba cuando el malvado Osmin duerme borracho, sin remordimiento alguno por contravenir las leyes de su religión que le impiden beber alcohol.

Con Giocchino Rossini sorprende que habiéndole dedicado numerosos platos («consomé Rossini», «arroz Rossini», «Tournedó Rossini», entre otros), siendo él mismo autor de numerosas recetas, no haga más referencias culinarias en sus óperas.

La más conocida de todas, sin duda, es La Cenicienta, en la que Don Magnífico, padrastro de Angelina, la protagonista, hace ilusiones como suegro del príncipe y se las promete felices con «surtidos de gallinas, golosinas, marinados, vainilla, café y botellas», recomienda después «el helado con las comidas», mostrando su interés por «el Málaga», vino que el compositor de Pésaro se hacía enviar desde España.

Rossini también fue un gran anfitrión e instituyó en su casa de París los denominados «sábados musicales», cenas en las que dieciséis selectos invitados disfrutaban de la hospitalidad del músico.

Giuseppe Verdi, el compositor de óperas por antonomasia para muchos, tiene la referencia más explícita a la gastronomía en una de sus obras menos conocidas La fuerza del destino.

Referencias al vino son más comunes en las óperas verdianas como Ernani, Falstaff, personaje gordo y bebedor; o Rigoletto, donde el Duque de Mantua antes de entonar la famosa «Donna e mobile» reclama una botella de vino.

También en Italia y durante el siglo XIX, Giacomo Puccini pone en la escena lírica perdurables citas gastronómicas, como en La Boheme, donde la penuria en la que viven sus protagonistas, propia de la bohemia parisina que se refleja en su historia tiene su contrapartida en la escena del Café Momus.

Allí sus protagonistas se dan un buen festín ordenando al camarero «ciervo asado, pavo, langosta, ragú, o vino del Rhin», mientras los vendedores callejeros pregonan la venta de «naranjas, dátiles, castañas asadas, nata montada y caramelos», entre sus mercancías

Asimismo aparecen alusiones a las bebidas espiritosas en otras obras, como en la opereta El Murciélago, de Johann Strauss; en la cual expone toda una exaltación de las bebidas alcohólicas enumerándose el Madeira y por supuesto el Champagne. Por su parte, Richard Strauss, en Arabella, su protagonista Adelaide se inclina expresamente por este último licor, en especial el Möet-Chandon, médium dry; y Pietro Mascagni, en Cavalleria rusticana, utiliza el vino durante una de sus escenas, para invitar a todos los aldeanos a brindar.

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