Del armario a la escena

Yamilé Jiménez
14/ 03/ 2018

El 28 de febrero de 1688, hace ya 330 años, tuvo lugar el estreno de una ópera en Francia catalogada por su autor como "tragédie biblique", atendiendo a la naturaleza de su historia, que más o menos semejante a la narrada sobre la escena, aparece relatada en la Biblia.

Se trata de "David y Jonathan" escrita por Marc-Antoine Charpentier (1634-1704) sobre un libreto del padre jesuita Francois de Paule Bretonneau, que de por si no tendría nada de particular si no fuera porque la obra refleja una relación presuntamente erótica entre dos guerreros bíblicos.

Charpentier fue contemporáneo de Lully, pero no logró granjearse un lugar confortable en el mundo musical parisino hasta la muerte del italiano ocurrida en 1687.

Curiosamente el reinado puramente francés implantado por Lully no llegó a ser adoptado por Charpentier, quien siendo discípulo de Carissimi en Roma, mostró su apego al estilo italiano más que a cualquier otra escuela.

Aunque todos coinciden en que las mejor partituras de Marc-Antoine Charpentier se inscriben dentro del género sacro, hacia 1670 el compositor francés comenzó a trabajar en colaboración con Moliere y Corneille en la confección de piezas escénicas, con lo cual, ya contaba cierta experiencia cuando en 1684 se le ofreció el cargo de director musical del colegio jesuita Luis le Grand.

En este recinto educativo, de gran reputación e influencia, existía una arraigada tradición en la representación de piezas escénicas, y en ellas solían intercalarse, como era la costumbre, intermedios de canto y danza.

Cuando Charpentier llegó a tomar posesión de su puesto de director, las tragedias líricas eran las elegidas por profesores y alumnos del colegio y aunque el músico francés hubiera preferido misas, motetes y salmos, no tuvo otro remedio que ceder al estilo implantado por Lully y aceptar los designios de la moda musical francesa imperante.

Así nació "David y Jonathan", una historia de amor entre guerreros que si bien no tenía muchos antecedentes entre hebreos y judíos, ya había aparecido en el Poema de Gilgamesh, catalogada como la primera novela de la literatura universal.

Igualmente la antigüedad griega y romana exhibió en su literatura una larga lista de parejas en las que se respira una relación de amistad/amor: Aquiles-Patroclo, Alejandro-Hefestión, Damon-Pitias, Niso-Eurialo….así como en la epopeya medieval francesa Chanson de Roland.

El binomio Charpentier y Bretonneau se basó en los hechos relatados en las Escrituras, pero corrieron el riesgo de enfatizar en los rasgos eróticos de la leyenda de David, algo que no deja de ser bastante significativo para la época.

La obra consta de un prólogo y cinco actos y se caracteriza por mostrar un retrato sicológicamente dibujado de cada uno de los personajes fundamentales y como también era costumbre, sirvió de intermedio a la tragedia latina Saúl, creada por el padre Chamillart.

De esta manera el 28 de febrero de 1688 la tragedia musical ("David y Jonathan" ) y la tragedia recitada ("Saúl") se intercalaron, provocando en los espectadores una visión contrapuesta dentro de la misma historia, toda vez que Saúl mostraba el escenario bélico de los israelitas, mientras la ópera tenía lugar en los predios de los filisteos ( algo similar a lo que ahora llamaríamos "escenario múltiple").

Aunque ciertas tendencias teológicas actuales se muestran algo más flexibles, las interpretaciones cristianas y judías no admiten las prácticas homosexuales en las Sagradas Escrituras, con lo cual, la ópera va muchos más allá en el vínculo entre los guerreros en comparación con el texto bíblico.

En cualquier caso, el libreto de Bretonneau exhibió, con valentía inusitada, una relación amorosa entre dos hombres en un contexto marcado por el pensamiento tradicional cristiano y la rigidez de la monarquía francesa de la época.

"David y Jonathan" salieron del closet y dejaron la puerta abierta, inaugurando así un elenco de óperas que, con mayor o menor franqueza, describen relaciones homosexuales: Le martyre de Saint-Sébastien, de Debussy (1911); Lulu, de Berg (1937); Peter Grimes (1945); Billy Budd (1954), o Death in Vence (1973), de Britten; The Labyrinth, de Tippet (1970), hasta llegar en 1996 a una ópera explícitamente gay: Harvey Milk, de Stewart Wallace, que relata la vida del primer hombre declarado homosexual elegido para un cargo público en Estados Unidos, y asesinado más tarde por su lucha en favor de los derechos de la comunidad gay.

Nadie dude que la ópera, más allá de un género musical, es un reflejo de vida, en el cual, los sentimientos y el amor entre los humanos ha encontrado desde siempre su espacio, tanto como cualquier otra manifestación de las artes.

 

 

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