Entre los siglos XI y XIII la música profana medieval encontró su más genuina expresión en el arte trovadoresco y bajo la hegemonía de juglares, troveros, ministriles o minnesänger se documenta un movimiento en el que música y poesía inundaron tanto los salones aristocráticos como los populares suburbios citadinos.
Temas diversos se colocaron en la mira de los trovadores de manera que la religión, la caballería, las hazañas bélicas, la naturaleza, la muerte y en primer lugar el amor; quedaron reflejados en esta música secular.
Entre sus representantes ilustres han trascendido los nombres de miembros de la nobleza como Guillermo IX de Aquitania, Alfonso X "El Sabio", Wolfram von Eschenbach y Walther von der Vogelweide, y otros como Adam de la Halle que sin sangre azul corriendo por su venas, logró trascender, a la vera de Roberto II Conde de Artois y luego de Carlos I de Anjou, hasta convertirse en el trovador más importante de Francia durante el siglo XIII.
Pero si bien este movimiento ha estado bastante documentado y hasta nuestros días han llegado cientos de melodías y miles de poemas de estos trovadores, una vez más la historia ha pasado por alto que existieron JUGLARESAS, también nombradas Trobairitz, Soldaderas, Danzadeiras o Cantadeiras, y eran en resumen, mujeres que componían versos y luego los cantaban , recitaban y danzaban, en la misma época en la que lo hacían los hombres.
No obstante, algunos estudiosos han insistido en la búsqueda de información sobre esta temática y en los materiales encontrados se asegura que estas mujeres participaron, al igual que sus colegas masculinos, en la conformación del panorama musical de esta etapa y como ellos, algunas obtenían un salario por sus actividades, por lo que recibieran el nombre de "soldaderas".
No es posible asegurar si ese pasar por alto de la historia se trata de un descuido simuladamente ingenuo, o de un olvido premeditado, atendiendo a que la iglesia, justo en quien recaía la confección de los textos que hoy tomamos mayoritariamente como fuentes bibliográficas, esparció sobre ellas una suerte de clamor nefasto asociándolas con la lujuria, los excesos, la prostitución…en fin, unas auténticas profesionales del pecado.
Es así que en contraposición con el número de trovadores que conocemos, el listado de juglaresas medievales con nombre propio es escaso y a duras penas, cuando se habla del tema, esta actividad recae, mayoritariamente, en personajes anónimos y de baja extracción social que, asociadas a la mala vida, iban de pueblo en pueblo bailando, cantando y sobre todo, incitando a la inmoralidad.
Reducido inventario de nombres escapan a este forzoso anonimato en el que sobresalen: María Pérez Balteira, en Galicia, España y en la zona de Provenza, al Sur oeste de Francia: Isabella Castelloza, María de Francia y la más renombrada de todas Beatriz de Día, conocida como Condesa de Día.
Todas pertenecían a la nobleza y con variados estilos y motivaciones, dejaron en sus versos la visión femenina de un tiempo que aunque complejo y de acceso proscrito, ha resultado suficiente para concluir que existieron y mostraron abiertamente los mismos intereses que sus colegas masculinos, pero con un toque de espontaneidad y realismo sorprendentes para su época y para la posición de la mujer.
"Difícil lucha para unas damas del duro Medievo, que tuvieron que lidiar por asomarse al universo masculino, pero que hoy, afortunadamente, vemos que no sólo se asomaron a este universo, sino que crearon el suyo propio", (Rosario Delgado Suárez).
