Juan de Fermoselle nació en julio de 1468 y a los 16 años, cuando pasó a conformar el coro de la catedral de Salamanca y sin que se supiera hasta hoy una causa real, cambió su apellido paterno por el de Encina, con el cual pasaría a la posteridad.
Las razones del cambio han quedado sepultadas entre dudas, pero muchos especulan que se relaciona o bien con su genealogía materna, o quizás con una cuestión puramente consonante muy de moda en tiempos de los Reyes Católicos o tal vez con el nombre específico de la aldea en que nació, tal y como lo demuestra su siguiente verso:
¿Es quizá vecina De allá, de tu tierra? —Yo soy del Encina, Y ella es de la sierra...
Lo cierto es que Juan del Encina, (aunque también aparece frecuentemente como Enzina, del Encina, etc) fue poeta, autor teatral y músico y en sus partituras se funden la tradición de las artes de los trovadores provenzales con la polifonía de la escuela castellana catalogada como una de las más representativas de la península ibérica especialmente por la relevancia de sus glosas y villancicos.
La formación musical de Juan del Encina trascurrió básicamente en la catedral de Salamanca y si bien entró como cantante coral, seis años más tarde pasó a ocupar el puesto de capellán y acto seguido el de maestro de capilla.
Hacia 1492 entró al servicio del Duque de Alba y allí asumió la faena de organizar toda actividad relacionada con la música y el teatro, de manera que en la Navidad de ese año presentó por primera vez ante el público sus primeras églogas dramáticas de corte religioso.
Unos años más tarde, en 1496, aparecieron sus obras recopiladas en un Cancionero, las que divididas en piezas sagradas y profanas, agrupa música y letra compuestas por Juan del Encina y dedicadas a sus patrones.
Muchas de estas partituras serían publicadas posteriormente en varias ciudades de la península bajo el nombre de Cancionero de Palacio, el más importante de su tipo durante el Renacimiento y que con sus 460 piezas, exhibe la música que se interpretaba en la corte de los Reyes Católicos.
Si bien en este Cancionero aparecen registradas obras de varios autores del final del siglo XV y principios del XVI como Ribera y Lope de Baena, el más significativo es sin dudas Juan del Encina con sus maravillosos villancicos (composición poética musical generalmente para tres o cuatro voces).
Entrado el siglo XVI, Encina se instaló en Roma y aunque viajó intermitentemente a España, durante varios años, trabajó al servicio de tres Pontífices (Alejandro VI, Julio II y León X) gozando de la protección y el reconocimiento de la máxima figura del Vaticano.
Algunas de sus obras teatrales fueron representadas en la capital italiana y especialmente León X, quien se había formado en la tradición de erudición y el mecenazgo de los Medici, lo valoró altamente en su faceta de cantante, labor que Juan del Encina desempeñó profusamente a su servicio, hasta que el propio Papa le ofreció el priorato de la catedral de León y hacia allí se trasladó el poeta y músico español en 1519.
Justo allí a finales de 1529 o principios de 1530 sería enterrado, para pasar definitivamente a reposar, cuatro años después, en la catedral de Salamanca donde se formó como músico y poeta.
Juan del Encina creó poemas pastorales acompañados de música y danza y églogas, consideradas estas últimas como las primeras obras de teatro profanas escritas en España.
