El arte de reseñar libros

Daniel Céspedes
13/ 11/ 2018

He creído y descreído de muchos libros por lo que otros han escrito sobre ellos. Otros que han hecho de la lectura una religión o un complemento vital; otros que amén de leer profusamente, atienden a cuanto dice y sugiere un autor y su detenimiento en el "decir escrito" lo atiendo más por la oportunidad que me brinda de sorprenderme mejor en los juicios y por la propia escritura: ella prolonga al escritor, me lo revela.

Lecturas y escrituras. Razones y pasiones motivadoras de otras, pues el intelectual a veces siente el impulso de (re)conocer los límites y horizontes de un texto. Entonces escribe para un periódico, una revista, un sitio web.

Descubrimos algunos libros por iniciativa y hasta sorpresivamente, entrando a una librería o visitando la biblioteca de un amigo. Pero acontece, de vez en cuando, un estímulo o una recomendación por cuenta del criterio de determinado receptor que también escribe. ¿Qué escribe? Reseñas. Le debo a la reseña el haberme tentado a buscar y leer mucha palabra impresa.

Por la reseña sabemos de una novedad editorial o de un clásico, que se nos recuerdan en una reedición o reimpresión. La reseña tiene como propósitos fundamentales promocionar e insistir en la existencia de un libro. Y por añadidura se presenta sus finalidades abiertas y explícitas: la compra y la esperada lectura de un libro.

Para ello este género escritural se vale de la información: ya sea de un detalle de contenido e incluso formal; de una anécdota, por qué no. La cuestión es seducir con justicia y no -como creen algunos-, ponderando siempre cuanto propone una editorial o el propio autor.

De manera que la reseña puede sugerir sutilmente o declarar sin tapujos una valoración; eso sí, más análisis y voluntad autoral pudiera mostrar. Oportuna me resulta entonces la reciente declaración de Julio Serrano a propósito de su comentario "Morder el anzuelo" sobre el libro "No leer", de Alejandro Zambra: "Y es que cuántas veces vemos al autor de reseñas tratar de asomarse al texto, reivindicar un espacio para sí, contarnos un poco de sí mismo". (Cuadernos Hispanoamericanos, N.º 820, octubre 2018 p, 142).

Tolero las notas informativas y descriptivas sobre libros. Aunque no me conformo con la yuxtaposición de datos sobre datos. Rama del periodismo cultural, la reseña tiene sus características pero no es un panegírico gratuito.

Hoy, por desgracia, encontramos amigos intercambiándose por escrito cariños y otros favores en virtud de sus obras ¿siempre meritorias?. Cuando leemos estas alabanzas accedemos un tanto al autor porque de su libro solo se manifiestan generalidades que bien les funcionan a otros numerosos textos.

Nadie quiere buscarse problemas, me dijo una vez un amigo. Pero, ¿qué problema puede haber en leer y escribir libremente sobre una obra que tiene el valor inicial de no pasar inadvertida? Aunque, claro, a muy pocos les gusta que le echen en cara verdades o subjetividades razonables acerca de sus retoños o insistencias escriturales.

Imagino cuantos enemigos se ha buscado mi admirado Jorge Domingo Cuadriello, quien en su sitio de Espacio Laical penetra con mucho respeto en las páginas de varios textos y atiende desde el lenguaje hasta lo informacional.

Domingo Cuadriello no es un inquisidor de ninguna orden, sino un lector e investigador voraz. Eso no es malo. Pero cuesta trabajo aceptar los defectos revelados a raja tabla de nuestros hijos. Las reseñas críticas de Cuadriello me encantan, aunque mis referentes clásicos e influencias más cercanas van desde José Martí, pasando por Justo de Lara, Fernando Ortiz, Jorge Mañach, Alejo Carpentier, los origenistas, Beatriz Maggi, Nara Araújo, José Alberto Lezcano, Rufo Caballero, Alberto Garrandés, Roberto Méndez, Rafael Acosta de Arriba y de los foráneos no puedo dejar de mencionar a José Ortega y Gasset y toda la Generación del 98. Los escritores del 27 y la figura singular de mi amada María Zambrano. Las páginas de Julián Marías, Alfonso Reyes, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Alberto de Cuenca y mi releído y maravilloso Fernando Savater, de quien me considero un discípulo indirecto.

Su periodismo cultural, cuando no sus ensayos, me han acercado -y me acerca aún- a tantos autores y y belleza, amenidad y profundidad si de comentar temas o asuntos culturales se trata.

Pondero cuando lo he estimado justo e intento ser amable cuando sugiero alguna grieta en la hechura de un libro. Para ello he escogido más que la reseña y por eso la mezclo con el comentario, el ensayo y hasta algún que otro intento narrativo porque aspiro siempre a seducir al lector potencial.

Un libro tiene tantas maneras de abordarse a fin de recomendarlo: la historia, lo contextual, el tema, un personaje, el propio autor. No gusto de tomar al libro como pretexto para desplegar pedanterías y estados de ánimos como el que no sea atender bien a la lectura y ser más justo y ameno cuando escribo. Por supuesto, estoy lejos de alcanzarlo siempre.

Escribo porque leo y me conformo, en el sentido de imantación y sociabilidad, no de vaguedad o pereza, con los yoes escriturales de unos y los posibles lectores que pueda agenciarme. Me reconozco y rechazo como ser humano por la imaginación escritural, sea ficcional, poética, ensayística, narrativa.

Los libros educan, informan y, si logran divertir, es imperdonable que no asistamos a esa fiesta terrenal y espiritual. No aburrir es uno de mis mayores deseos. El encargo de textos sobre otros no ha disminuido mis apetencias y caprichos escriturales.

No obstante, que se lean a autores referidos es mi intención primera. ¿Cómo no compartir la palabra que viene sirviéndose desde hace siglos?

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