Tres clásicos cubanos en un año histórico

Daniel Céspedes
21/ 12/ 2018

Cuando acontecimientos sociopolíticos marcaban un antes y un después en el mundo: las matanzas de My Lai y de Tlatelolco, los asesinatos de Martin Luther King y de Robert F. Kennedy, el Mayo francés… un hecho de índole ética procuró amenizar el llamado espíritu epocal: 1968 fue declarado Año Internacional de los Derechos Humanos por la Organización de las Naciones Unidas.

En el terreno de las letras, Yasunari Kawabata ganaba el Premio Nobel de Literatura y Philip K. Dick publicaba ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?; mientras en los ámbitos cinematográficos, Stanley Kubrick estrenaba 2001: Una odisea del espacio y Roman Polanski su clásico El bebé de Rosemary.

Sin embargo, los Oscar en los apartados de mejor película y director para las realizaciones del 68 fueron a parar en las manos de Carol Reed por el musical Oliver. En la Cuba postrepublicana de 1965, Eduardo Manet había estrenado un musical: Un día en el solar.

Tres años después, en enero de 1968 se celebraba el olvidado Congreso Cultural de La Habana, pero un aniversario cerrado pesaba sobre lo nacional: el centenario del inicio de las Guerras de Independencia. El júbilo colectivo debía considerar el pasado glorioso.

En el mismo año que se daba a conocer Dos viejos pánicos, de Virgilio Piñera y Después de la Gaviota, de José Lorenzo Fuentes, el premio UNEAC de poesía (Julián del Casal) reconocía Fuera del juego, de Heberto Padilla y el correspondiente en teatro (José Antonio Ramos) celebraba Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, a Severo Sarduy le publicaban fuera de estas tierras De donde son los cantantes. Se regalaba en todo el país El Diario del Che en Bolivia. Efectivamente, fue el “Año del Guerrillero Heroico”. Eran tiempos del realismo social y la épica cotidiana.

La incertidumbre foránea con respecto al caso de Cuba y los cubanos en general le haría decir a Max Aub, a raíz también de su participación en el Congreso Cultural: "Hay que saludarlos con el mayor respeto. ¿Pero podrán seguir adelante? ¿No es pedir demasiado a tan pocos? No lo sé. Habrá que aprender a rezar". 1 Perplejidad ajena ante el realismo social y la epopeya imperante, más la postura crítica de los propios cubanos, no pudieron descartar la simpatía por el melodrama.

A propósito de lo anterior, ha tenido a bien el escritor Geovannys Manso poner en boca del protagonista de su reciente novela Los hijos soñolientos del abismo: (…) nuestro sino es el melodrama. Jorge Mañach, digan lo que digan, se equivocó: el choteo no nos caracteriza. El melodrama sí.

Una verdad con visos de incuestionable ironía que viene a reafirmarse con Aventuras de Juan Quin Quin, Memorias del subdesarrollo y Lucía, tres propuestas cinematográficas ya históricas que refrescaron, con rigor y deleite, el panorama cultural de la Cuba de 1968, la que registraría además Coffea Arábiga, de Nicolás Guillén Landrián; Hombres de Mal Tiempo, de Alejandro Saderman, y En la otra isla y Una isla para Miguel, de Sara Gómez.

¿Cuánto hubo de encargo, cuánto de concesión y cuánto de espontaneidad en obras sujetas a reclamos oficiales hasta cierto punto, pero provenientes de figuras cuestionadoras y, sobre todo, innovadoras?

En realidad, las circunstancias pueden ser lo más exigentes, pero el genio es quien sobresale por su creatividad. Luego, son sus frutos los que se quedan cual testimonio temporal del momento del estreno o se agencian la trascendencia por valores artísticos y extraestéticos, por vigencia temática.

Después de cincuenta años de Aventuras de Juan Quin Quin, Memorias del subdesarrollo y Lucía se corrobora la pertinencia de su hechura, cada una por separado, y también asociadas, por cuanto provocaron -y aún provocan- lecturas continuas. 1968: un año clave para el cine cubano (Ediciones ICAIC, 2018), la compilación de Luciano Castillo y Mario Naito, lo evidencia.

Amén de seguir los recorridos en festivales y reconocimientos de estos tres clásicos del cine cubano, el volumen organiza lo que suele estar disperso en periódicos, catálogos y revistas, a saber: testimonios, fichas técnicas, resumen de producción, sinopsis y argumentos detallados, así como los datos de los directores.

Ahora, lo más sobresaliente, descansa en el rescate del saldo valorativo de voces y acercamientos desiguales, lo que permite la confrontación.

1 Ver de Rafael Acosta de Arriba su libro Max Aub en Cuba, 1968, Ediciones Vueltas del ruiseñor, 2016.

Es la polisemia, desde de los propios títulos de estos filmes y cuanto activan en el espectador, por parlamentos y asociaciones visuales, el resultado de las apreciaciones recogidas. Ello alude al capital estético y temático de estas películas. No es casual, sino muy revelador que, a la luz del presente, en este 2018, hayan aparecido otras apreciaciones en revistas y sitios web sobre las obras de Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás y Julio
García Espinosa. Quedaría sumar en posteriores textos compilatorios las nuevas firmas a la nómina de las aquí reunidas.

Y no por último, es menos importante resaltar en primer lugar la cuidadosa edición de Alejandro Arango. Ya es costumbre: Los libros de Ediciones ICAIC cuentan con excelentes editores.

Por otra parte, cómo resuelve el diseñador Ariel Barbat la coexistencia de cinco miradas distintas de proyectar el ser cubano y hasta de desafiar el propio 1968, por qué no, se agradece. No deja de ser sintomático como el diseño exterior de 1968: un año clave para el cine cubano es sustentado por el ineludible prólogo de Arturo Arango, de donde vale extraer un enunciado que recapitula y a la vez califica: "Las tres obras que aquí se revisan, cada una a su manera, indagan en los efectos que una revolución ejerce sobre las personas, y en la manera como el subdesarrollo condiciona, limita, en ocasiones incluso profundiza, el alcance de los propósitos
fundacionales".

1968: un año clave para el cine cubano no es solo un homenaje a tres películas claves de la cinematografía de la isla y a sus directores, sino una deferencia para con críticos e historiadores de cine cubanos como una
consideración para el lector curioso. Las gracias a Luciano Castillo y Mario Naito por la comodidad de este importante libro de consulta.

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