El 22 de diciembre de 1808, en el Theater an der Wien de la capital austríaca tuvo lugar el estreno de varias obras de Beethoven, pero una de ellas en particular hoy se considera dentro de las partituras más populares y trascedentes de toda la historia de la música: La Quinta Sinfonía en do menor, op. 67, que en aquella memorable, pero agotadora jornada, contó con la dirección orquestal del propio compositor.
Dedicada a sus mecenas, el príncipe Lobkowitz y el conde Razumovsky, Beethoven trabajó durante cuatro años en la composición de esta sinfonía, alternando durante este periodo con la creación de otras partituras como la Sonata Apassionata, la Misa en Do mayor y la ópera Fidelio, entre otras.
En los años de la creación de esta Sinfonía, Beethoven era ya un compositor maduro y reconocido, pero marcadamente angustiado por una real e indetenible sordera, mientras que por otro lado, numerosos acontecimientos de una agitada vida política caracterizaban la cotidianidad de los europeos, incluido naturalmente, el genial músico alemán.
La Quinta Sinfonía está orquestada para dos flautas, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, dos trompas, dos trompetas, timbales y cuerdas, y en el último de sus cuatro movimientos el músico alemán añadió un flautín,un contrafagot y tres trombones.
En el argot popular se conoce como Sinfonía del Destino, especialmente por sus notas iniciales, y aunque no todos coinciden, se cree que el propio Beethoven describió este motivo diciendo “Así llama el destino a la puerta”.
El primer movimiento, (allegro con brio) abre la Quita Sinfonía con este motivo: sol, sol, sol, mi con la duración de tres corcheas y una negra, que luego se repite en las notas fa, fa, fa, re. Este dibujo melódico, aparentemente sencillo, creó un grandioso y sobrecogedor efecto dramático, que además de unificar los cuatro movimientos de la Quita Sinfonía, hoy es considerado uno de los más logrados en la historia de la música universal.
Sin embargo, este sugerente motivo compuesto solo por cuatro notas ya estaba presente en la “Sonata para piano Nº 5” (Appassionata) y haciendo un análisis más allá de la obra beethoveniana, esta técnica de desarrollo temático tuvo en la figura de Haydn su iniciador, aunque llegaría a su máximo despliegue en el siglo XIX.
El día del estreno, la Quinta Sinfonía no fue muy bien recibida, no solo porque al parecer la orquesta no había ensayo suficientemente para el concierto, sino además por lo agotador que debió resultar la velada tanto para músicos como para espectadores.
El programa se extendió por cuatro horas y se escucharon, en calidad de estreno, numerosas partituras de Beethoven, comenzando con la Sexta Sinfonía (con sus cinco movimientos), luego un Aria y el Gloria de la Misa en Do mayor y para finalizar la primera parte, el Concierto para piano No 4 interpretado por el propio Beethoven.
Luego de una pausa, el concierto continuó con la Quinta Sinfonía, Sanctus y Benedictus de la citada misa, una improvisación al piano ejecutada por Beethoven y el punto final correspondió a la Fantasía Coral para piano, coro y orquesta. ¡!!!Menudo programa!!!!!!
Si bien cada una de estas partituras posee hoy su propio lugar dentro del repertorio de música culta de todos los tiempos y se catalogan como obras maestras, la Quinta Sinfonía muy pronto demostró su enorme significación y algunos años después comenzó a ser interpretada por las grandes orquestas sinfónicas de todo el mundo, considerándose una de las piezas de mayor transcendencia dentro del catálogo de Ludwig van Beethoven.
