Teatro Gaviota ha estrenado en la capitalina Sala El Sótano El Umbral, una obra del dramaturgo turco Hasan Erkek. Se trata de una representación que dura una larga hora y media donde Lilian Dujarric, la directora de Teatro Gaviota y puestista de El Umbral, ha versionado los conflictos en una familia del campo turco que se ve obligada a abandonar su modo de vida y tiene que emigrar a la ciudad.
Tres generaciones: los abuelos, los padres y los hijos, afrontan y sufren el proceso de cambio y adaptación: costumbres, valores morales y filiales, consumismo, machismo y libertades individuales.
Pese a que los temas generacionales que se abordan podrían tener alguna vigencia, con la elementalidad dramatúrgica que se tratan, convierte a la puesta en escena en un espacio de concreción muy limitada en cuanto a la actitud crítica y transformadora que en el espectador podrían generar.
El Umbral, una de las piezas más aclamadas de Hasan Erkek (por la cual obtuvo el Premio Yunus Emre, concedido por el Municipio de Bakorköy, en 1997), es la segunda parte de una trilogía que el autor está pendiente de completar; de la cual existe una excelente traducción al español publicada por ediciones Antígona de España.
Es palpable, incluso en la versión que nos llega en la puesta en escena de Teatro Gaviota, que hay un poderoso pulso poético en el texto lingüístico de El Umbral. Pero el montaje es de retórica declamatoria, con una enunciación actoral sin proporción entre la verbalización y la gestualización.
Se inicia El Umbral con un personaje que persigue cierta espectral presencia: enciende velas que bordean el espacio escénico, de manera decorativa, durante todo el tiempo de la representación.
En cuanto comienza esta acción física, por la forma y la intensión en los desplazamientos, sabemos que algo nefasto sucederá; pues la atmósfera que se genera anuncia tragicidad desmesurada.
Con presencia fantasmática, el personaje estará presente como un destino, presagio, predicción durante el desarrollo de la trama; aparece y desaparece; remacha el desarrollo de la puesta.
No obstante, carece de una consistencia actoral propia, resulta una apoyatura del montaje que por demás no emplea una poética consecuente con la presencia espasmódica de esta figura augural adversa; de hecho, en el reparto, el personaje se denomina Augurio.
Las actuaciones no consiguen una productiva performance actoral. La lógica interna que mueve a cada personaje está muy esquemática: la esposa sufrida y complaciente, la abuela refunfuñona, la joven ingenua que es engañada por el hombre que ama, la amiga frívola, etc., etc.
Son diez personajes esquematizados, con muy poca consistencia sicológica en sus caracteres y acciones, que tienen el diseño de los de telenovela antigua.
La dialéctica actoral padece de excesos y resulta ineficiente en tanto los gritos y los aspavientos no componen el universo dramático, ni en verosimilitud ni credibilidad, y mucho menos como perspectiva estética.
La operación dramatúrgica con que se abordan los personajes es lo que sospecho que tiene de versión esta representación de El Umbral.
Originalmente se trata de un texto literario de palpitación poética, pero que se diluye en actuaciones que profieren materialmente y no desde la vívida emoción intelectual requerida para la debida enunciación vocal y gestual.
Las luces, la escenografía, la banda sonora no son relevantes para la riqueza plástica del montaje; igual que las actuaciones: son poco convincentes como sistemas significantes en la segmentación y progresión de la representación, que no es acertada en su discurso estético global por la falta invención teatral.
¿Por qué me ha tocado ver últimamente en la sala El Sótano puestas en escena que si tuvieran una cuidada hechura dramatúrgica podrían ser aceptables?
