Los gatos resultan ser una de las mascotas más populares en el mundo y, aunque son famosos por su mal genio, también gozan de un extraordinario oído; por lo cual, podrían considerarse verdaderos melómanos.
Algunos compositores se inspiraron en estos felinos galantes y crearon simpáticas obras «gatunas».
Entre todas, el famoso y cómico Dúo de los gatos, de Gioachino Rossini, no deja de ser una ocurrencia genial.
Se trata de una pequeña pieza para piano y dos voces femeninas que, a menudo se toca como propina al final de los conciertos, y sólo consta de la palabra «miau» repetida de múltiples formas; entrañando gran dificultad para sus intérpretes.
Varias historias explican el origen de este simpático dueto bufo, como aquella donde se narra que Rossini lo escribió en honor a un par de felinos que todas las mañanas venían a visitarlo a su ventana, en su casa de Padua.
Otros cuentan que al compositor no le hacía ninguna gracia que los cantantes modificaran las partituras de sus óperas en beneficio de su propio lucimiento, osadía en la que, a principios del siglo XIX, las sopranos eran auténticas virtuosas.
Se desconoce con certeza si algo de lo segundo tuvo que ver en la composición de este dúo. Sin embargo, llamó poderosamente la atención que el gran Rossini hiciera cantar a dos gatos.
La Sonata K. 30 -o Fuga del gato como también se le conoce-, de Doménico Scarlatti, es otra de las piezas musicales que guarda relación con los felinos.
La historia de esta fuga es muy curiosa. Se asegura que Scarlatti tenía un gato llamado Pulcinella y aquel, durante un paseo sobre el teclado, hizo sonar el motivo musical que de inmediato escribió el compositor, desarrollando toda la pieza a partir de esas interesantes notas azarosas.
Según las historias, la sonata de Scarlatti obtuvo el sobrenombre de Fuga del gato, quien sabe si porque se propagó el rumor y le quisieron dar a Pulcinella un lugar en la Historia de la Música, o simplemente, porque algún enemigo, envidioso de Scarlatti, pretendía desprestigiarlo como alguien incapaz de componer otras melodías, que no fueran los golpes al azar de un gato sobre el teclado de un clavecín.
Pero es cierto que la línea melódica principal de esta fuga recuerda los pasos que daría un gato sobre un clavecín, de manera que la historia de su origen quizás no es tan infundada.
Luego, debido al popular instrumento conocido como órgano de los gatos, muchos compositores del siglo XVII se interesaron en imitar los sonidos felinos, aunque en su mayoría lo hicieran de forma burlesca.
Basta el ejemplo del Contrapunto bestiale alla mente, de Adriano Banchieri, una farsa carnavalesca en forma de madrigal, donde participaban un perro, un búho, un cuco y, naturalmente, un gato.
Asimismo, hay un ejemplo de un animado diálogo entre el Gato con Botas y el Gato Blanco en el último acto del ballet La bella durmiente, de Piotr Ilich Tchaikovsky, donde los bailarines simulan una escena entre dos gatos; y la orquesta imita los sonidos que hacen los animales.
Igualmente famosa es la Berceuse del Gato, de Igor Stravinski escrita para voz femenina y tres clarinetes.
El título no debe extrañar, pues como se sabe, el autor tenía uno de aquellos entre sus mascotas más apreciadas, como señala la descripción que Nicholas Nabokov, hiciera del hogar del músico: «una casa de una sola planta, no muy grande, y con una amplia terraza, amenizada por la presencia de un gato, un loro, un canario y varios periquitos». El gato en cuestión, era California, fotografiado en brazos de Stravinski por Cartier-Bresson en 1945.