Los caminos hacia la creación varían en gran medida de un autor a otro. Unos acudieron a la llamada «inspiración», otros a sugerencias extramusicales, y algunos a un sistemático trabajo de mesa.
Queda entonces la interrogante: ¿cómo lo hicieron? ¿Inspiración? ¿Técnica? ¿Talento? ¿Oficio? ¿Genialidad?
Entre todos los músicos de su tiempo, Robert Schubert parece ser un ejemplo clásico de «inspiración», muy ligada a las evocaciones y sugerencias de un poema que lo atrajera, y que hacía surgir casi inmediatamente su versión musical.
Se cuenta que al abrir un volumen de obras de William Shakespeare en un restorán, en pocos minutos escribió: «Escucha a la alondra», en el reverso de un menú. Se cree que ese mismo día compuso Silvia y la canción báquica de Antonio y Cleopatra.
Mucho antes, Wolfgang Amadeus Mozart llegó a decir que cuando se sentía exactamente como él era, y estaba solo y alegre, al viajar en un coche o caminar después de una buena comida, las ideas le fluían mejor y con abundancia.
«De dónde y cómo llegan, no lo sé. Tampoco puedo forzarlas. Retengo las que me agradan, y acostumbro tararearlas. Cuando continúo de esa manera, pronto se me ocurre cómo puedo convertir este o aquel bocado, en un plato delicioso», afirmaría el Genio de Salzburgo.
Joseph Haydn, por su parte, trabajaba a menudo con un programa narrativo de su propia invención. Así, muchas de sus sinfonías que no parecen estar vinculadas a un argumento, sí lo están.
También solía sentarse al piano dando curso a la improvisación hasta que obtenía una idea. Entonces, dejaba el instrumento y se dirigía al escritorio para trabajarla.
Las creaciones que aparentan ser más espontáneas son a veces producto del trabajo y la corrección. Casi nadie que escuche el Himno del Emperador imagina que su fluidez y equilibrio, son el resultado de muchas versiones en las que Haydn buscó la perfección que al fin logró.
Otros compositores, como Arthur Sullivan y Ludwig van Beethoven tuvieron cuadernos de notas o bosquejos.
De Sullivan se dice que en ocasiones, en medio de una habitación llena de gente que reía y bromeaba, se apartaba un poco, sacaba la libreta de anotaciones y escribía unos cuantos compases de la melodía que había cruzado por su mente mientras conversaba. De esas breves notas a lápiz, surgieron algunas de las partes más hermosas de sus óperas.
Como se sabe, Beethoven también tenía cuadernos de bosquejos en los que guardaba para uso futuro las ideas musicales que se le ocurrían.
En su caso, el material temático no estaba en su primer estadio, si consideramos sus propias palabras, al asegurar «llevo conmigo mis ideas largo tiempo antes de escribirlas».
Beethoven continuaba trabajando ese material y, señala Mendelssohn, que en uno de aquellos manuscritos encontró 13 tiras distintas pegadas una sobre otra en un pasaje, que representaban los intentos del genio alemán para mejorarlo. Cuando Félix Mendelssohn retiró la última tira, descubrió que reproducía exactamente el pasaje original.
Para otros, uno de los estímulos más fuertes fue el apremio del tiempo.
Gioacchino Rossini aconsejaba a un joven compositor de óperas, que nunca escribiera la obertura hasta la tarde anterior al estreno: «Nada excita tanto a la inspiración como la necesidad. La presencia de un copista ansioso y de un empresario desesperado arrancándose el cabello, es una gran ayuda».