En el mes de junio de 1818, hace justamente 200 años nació en París Charles François Gounod, hijo de un matrimonio integrado por un pintor y una pianista.
Su madre quedó viuda siendo joven y al descubrir las precoces cualidades musicales de su hijo, comenzó a impartirle lecciones con solo cinco años que más tarde se ampliaron en las aulas del Conservatorio parisino de la mano de Halevy, Lesuer y Paer.
En 1839 Gounod conquistó el Grand Prix de Roma lo que le permitió permanecer por varios años en la capital de Italia y profundizar allí sus estudios musicales. Fue precisamente en la cuna del Renacimiento donde se apegó a la música religiosa y estudió a profundidad la obra de Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525-1594) compositor renacentista, básicamente de música sacra, y artífice fundamental de la Contrarreforma.
Motivado por el arte polifónico de esta época, Gounod compuso varias partituras religiosas donde destacan “Misa Solemne”, “Tedeum”, y “Réquiem” y tanto fue el ímpetu religioso del compositor francés que, encontrándose de paso por Viena, estuvo a punto de convertirse en sacerdote y de hecho muchos de sus documentos de esta época los firmaba como abate Gounod.
Una vez de regreso a París, trabajó como organista y cursó estudios religiosos que luego de estrenar en 1851 su primera ópera “Sapho” en el teatro lírico francés, los abandonó.
En ese año también salieron a la palestra otras cuatro composiciones de su autoría las que fueron estrenadas en un concierto en Saint Martin Hall en Londres. Sin embargo, a pesar de los comentarios encomiásticos de un crítico parisino que aseguró que la música de Gounod no se parecía a la de ningún otro compositor contemporáneo o anterior al él, el éxito de sus obras fue más bien de moderado a mediocre.
En 1854 se estrenó su ópera en cinco actos “La Nonne sanglante” con más penas que gloria, a la que siguieron “Ulises”, “Ponsard” y por último al año siguiente “Le médcin malgré lui” y dos Sinfonías, todas con una acogida displicente por parte del público y la crítica. Entre tanto Gounod se desempeñaba como director del Orfeón de la ciudad de París.
No fue hasta el 19 de marzo de 1859 que por fin, una obra suya resultó un verdadero éxito. Se trata de la ópera “Fausto” que el compositor parisino recreó sobre el pentagrama a partir de la obra del alemán Johan Wolfgang von Goethe y que Michel Carré y Jules Barbier se encargaron de la confección del libreto.
A partir de entonces el éxito no le abandonó y a este triunfo le sucedieron otros entre los que destacan las óperas: “La reine de Saba” en 1860 y “Mireille” en 1864, siendo la última de sus piezas lírico teatrales más aclamadas “Romeo y Julieta” de 1867.
Un poco después los acontecimientos de la guerra franco-prusiana hicieron que Gounod se trasladara a Inglaterra y en Londres se estableció por un tiempo. Allí surgieron varias partituras religiosas como los oratorios “Redención” y “Mors et vita”, además de motetes, misas, himnos y su “Ave María” que, basada en un preludio de Bach, se convirtió en una de las partituras más populares de toda la música culta hasta hoy.
Charles Gounod regresó a París y en 1891 sufrió un ataque cerebral que dos años más tarde le ocasionó la muerte. Tenía para entonces 75 años y a pesar de las impetuosas influencias italiana y wagneriana de su tiempo, no solo consiguió esquivarlas con sus propias armas musicales, también logró convertirse en uno de los grandes colosos de la ópera francesa de todos los tiempos.