Algunas muertes memorables y otras no tanto

Yamilé Jiménez
26/ 10/ 2018

Giuseppe SinopoliNo son pocos los músicos que, desde el mismo descubrimiento de su pasión, dedicaron cada minuto de su existencia a conocer, explorar y descubrir cada secreto del arte de los sonidos y el pentagrama.

Algunos de los más ilustres, no apostaron por el matrimonio y no tuvieron descendencia reconocida o consciente (Beethoven, Schubert, Brahms, Chopin), tal vez por su propia ineficacia de ofrecerse en cuerpo y alma a algo más que no fuese la música, incluso varios de ellos tenían serios problemas existenciales y comunicacionales, que les impidió establecer lazos básicos con sus semejantes o familiares.

Esta consagración casi mística y tributaria a la música dio, en algunos casos, un fruto merecido y la historia recoge el nombre de contados, pero sin dudas elegidos músicos que dejaron este mundo en pleno ejercicio de su amada profesión.

Por ejemplo, Giuseppe Sinopoli (1946-2001) fue un médico italiano graduado de la Universidad de Padua, pero la música pudo más que el escalpelo y luego de estudiar en el Conservatorio de Venecia, se dedicó rotunda y definitivamente a la composición musical y la dirección de orquesta. Así dirigió en importantes teatros del mundo como el Covent Garden, Metropolitan Opera, Staatsoper de Viena, siendo habitual en el Festival de Bayreuth; y el 20 de abril de 2001 mientras dirigía el tercer acto de “Aida” en la Deutsche Oper de Berlin, murió de un infarto con 55 años de edad.

Jesús Arámbarri (1902-1960) compuso numerosas obras orquestales (“Gabonzar sorgiñak”, Castilla, “Ofrenda”, “Dedicatoria”, intermedio para orquesta Viento sur, o las Ocho Canciones Vascas, para soprano y orquesta) y con ellas se impuso como uno de los promotores de la difusión de la música sinfónica en España.

También destacó como profesor de música y director de orquesta. Murió el 10 de julio de 1960 con 58 años , mientras dirigía a la Banda Municipal de Madrid que interpretaba la obertura de la ópera cómica Fra Diabolo, del francés Daniel-Françoise Esprit Auber.

Un poco antes, el 13 de abril de 1959, el músico Eduard van Beinum (1900-1959), al frente de la orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam fundada por él catorce años atrás, levantó su batuta y comenzaron a escucharse, en ensayo general, los acordes iniciales de la Primera sinfonía de Brahms. Sin embargo, luego de dirigirse brevemente a sus músicos para dar algunas indicaciones, el holandés de 59 años, se desplomó
justo encima del podio y falleció.

Seguramente si hubieran podido, estos y muchos músicos hubieran elegido morir exactamente de la forma en que ocurrió. Otros, en cambio, no dejaron este mundo rodeados de la música, la parca se los llevó de manera mucho menos artística.

Johann Schobert (1735-1767) fue un clavecinista y compositor alemán que, con sus sonatas para clavecín y violín, y clavecín y violonchelo, influyó notablemente en las partituras pianísticas de Mozart. Murió prematuramente con 32 años luego de ingerir, por descuido, unas setas venenosas ante la mirada atónita de su esposa, hijo y amigos que nada pudieron evitarlo.

El francés Ernest Chausson (1855-1899) fue compositor y entre sus obras más relevantes destacan “Poème”, para violín y orquesta, Sinfonía No 1 y la ópera “El Rey Arturo”. Murió el 10 de junio de 1899 con 44 años cuando perdió el control de su bicicleta, chocó violentamente contra un muro de su propiedad y su cráneo quedó destruido.

Por último, el célebre compositor español Joaquín Gaztambide (1822-1870), destacó por sus zarzuelas “La Mensajera”, “El valle de Andorra”, “Catalina” , “Los magiares”, “El juramento” y “La conquista de Madrid”, con las que contribuyó ostensiblemente al renacimiento del género. El día de su fallecimiento, el 18 de marzo de 1870, su hígado pesaba casi 3 kilos, y por lo insólito del caso, se hizo una reproducción de la víscera en yeso y fue enviada al Museo Antropológico. Tenía 48 años.

Con certeza, Schobert, Chausson y Gaztambide hubieran preferido morir sobre las tablas de un teatro mientras su música sonaba.