A propósito de la más reciente entrega expositiva de Zaida del Río, TODO EMPEZÓ EN LA SORPRESA, en la Galería “Orígenes” del Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso”.
Desde aquella serie de las “mujeres pájaros”, en la que los cuerpos de estas féminas sufrían las metamorfosis en fantásticas atmósferas para centrarse en hermosas alabanzas a la vida, al amor, a la belleza y al erotismo más refinado que arrojara el arte cubano contemporáneo, Zaida del Río se re-inscribía con notable presencia dentro de este panorama.
A partir de este fabuloso “canto vital” de nuestra plástica, muchas han sido las incursiones en temáticas y asuntos de esta febril creadora nuestra, pero siempre (o casi siempre) con la mujer ocupando lugar protagónico en estas ideoestéticas movidas entre su poderoso dibujo, la fuerza expresiva de su pintura y la esmerada labor gráfica.
Sin embargo, al cabo de los muchos años transcurridos (en los que aparecieron populares oraciones de fe estampadas con singulares “viñetas”, los gallos ocupando el centro de sus estudiadas composiciones, las mujeres de vuelta –esta vez deportistas- y aquellos paisajes que se volvieron exuberantes marinas, entre otros asuntos por ella trabajados), Zaida del Río se reafirma como tal con la espectacularidad explícita de un arduo trabajo pictórico, al cambiar -aparentemente- propósitos y dejar, ahora, que sea el cuerpo masculino en deslumbrantes composiciones -de visos eróticos y homoeróticos-, el que llene estas obras que se nos hacen enigmáticamente subyugantes.
Apropiándose de una frase de la canción “Ángel para un final”, de Silvio Rodríguez (a quien la artista prefiere y escucha cuando fabrica sus sueños sobre telas y cartulinas), el título de esta entrega expositiva más actual de Zaida del Río cumple con su real cometido dentro de esta singular faceta de su producción pictórica: TODO EMPEZÓ EN LA SORPRESA para, quizás, ser el receptor agradecido el primer sorprendido al contemplar las texturas de fondos –cual selva de elementos naturales- y a estos hombres casi a hechura real que salen de ella para sugerir o insinuar situaciones de indudable amor y belleza propias, cual auto sacramental a la divina creación del mundo y de estos habitantes primigenios en su reconocida obra.
Algunas de las piezas que Zaida del Río ha incluido en esta muestra personal que ocupa sitio en la Galería “Orígenes” del Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso” (con una coherente museografía para su narración lineal), se mueven en el más escueto tratamiento cromático del blanco y negro, espectro éste en el que descuella EL LIBRO DE SU VIDA, en el que un joven -aparente escritor- se ve atrapado en sus propios enredos de ensoñaciones y los de la existencia misma entre los elementos vegetales y animales que se integran a una impactante composición de casi dos metros de anchura.
En esa misma suerte, BLACK STONE y LA FAENA DE LOS TOREROS, producciones pictóricas estas en las que los cuerpos masculinos se dejan bordar por las características filigranas trazadas por Zaida del Río que siempre parecen temerle al vacío.
Otras dos obras, que no obstante su tratamiento en los cuerpos del blanco y negro, logran escaparse del absoluto monocromatismo para ir a un procedimiento de delicado y sugestivo color en sus respectivos fondos, como transcurre en J’APPORTE UNE CADEAUX POUR TOI y ROSAS.
Ahora bien, donde la exposición alcanza su punto climático es cuando la artista da riendas sueltas a su ingenio y poder de autoridad sobre el color, es decir, en aquellas obras en las que se reúnen, ya no solo mayor cantidad de cromos, sino de nuevas gamas, como sucede con esos malvas y amarillos naranjas en LÁZARO, una figura que recrea la simbología del santo popular del mismo nombre, pero con el afán de descubrirlo esbelto y sensual.
De la misma manera, ENTRE CAROLINAS, un cuerpo masculino perdido entre los destellos de esos colores corales casi a hechura natural como para invitarnos a entrar en este fantástico follaje donde parece reposar.
TODO EMPEZÓ EN LA SORPRESA: una obra que demuestra, además, el incansable quehacer de Zaida del Río en una práctica pictórica que tanto brillo le ha aportado siempre al arte cubano.