Sobre los pasos de Titón

Daniel Céspedes
21/ 12/ 2018

Pensar el cine cubano sin Tomás Gutiérrez Alea (1928-1996) estremece. Y no porque los directores coetáneos con él o los de generaciones posteriores hayan sido menores. Pero, reconozcámoslo, con la ausencia de un Titón, tendríamos muchas lagunas por llenar. No solo lagunas cinematográficas, sino culturales. Más que preocuparse por asuntos estéticos y estilísticos, él fue iniciador e incitador de temas en nuestra cultura.

Acaso porque lo de fundar le venía desde joven: el proyecto Cine-Revista, la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, el documental El Mégano (1955), junto a Julio García Espinosa, hasta llegar al Nuevo Cine Latinoamericano.

Pero incluso, antes de irse a estudiar en Italia Dirección Cinematográfica en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma, dirigir lo inquietaba. Recuérdese que su primer trabajo no fue ni El Mégano ni Historias de la Revolución (1960), sino La Caperucita roja (1947). Por el camino surgirían las obras de madurez.

Cuando se aprecia la pluralidad temática en el cine de Titón: la amistad y la negritud, la libertad, la homosexualidad, el machismo, las miserias, el burocratismo y la falsedad… nos percatamos enseguida del porqué de sus varios matices: lo dramático y lo hilarante; la ironía y la crítica, esa crítica en quien nunca se complació con reproducir en seco el escenario nacional.

Pensar con Titón significa atender una cinematografía que dialoga incluso con maneras distintas de ser cubano. Pero no de ese que se conforma consigo mismo, sino con el esperanzado y curioso. De ahí los intereses de proyectar la diversidad de la cultura nacional para el mundo. Expansión imaginativa y acogida foránea no afectaron la cubanía de un cine que rebasa todas las posibles fronteras.

Hay un considerar al cubano en sus carencias y sueños; también en sus confidencias y silencios.

Más que ídolos a seguir, sus historias están protagonizadas por antihéroes o héroes caídos que, sin embargo, conectan con el espectador.

De ahí un conjunto coral en un solo creador y la posibilidad de establecer un gran par: El cine y la literatura (Kafka, Edmundo Desnoes, Jacques Roumain, Fernando Ortiz, Moreno Fraginals, Gabriel García Márquez, Eliseo Alberto, Senel Paz, José Lezama Lima…).

Asimismo se establece una relación estrecha entre el director de Memorias del subdesarrollo (1968) y la ciudad. En su cine la ciudad acoge y testimonia cual otro personaje más. Ello se aprecia en su ficción y en la autoría de documentales a veces menospreciados como Esta tierra nuestra (1959) y El arte del tabaco (1974).

Autor de una prosa testimonial y autobiográfica, no conviene, sin embargo, olvidar dos libros de revelación creativa como Dialéctica del espectador o el de entrevistas de Silvia Oroz Tomás Gutiérrez Alea: los filmes que no filmé.

Además de haber sido pionero en el tratamiento de temáticas repulsadas o tabúes, el director de Fresa y chocolate era un intelectual atrevido al debatir sobre legados culturales del pasado y de la contemporaneidad. Y junto al intelectual, nos topamos con las interioridades del escritor de cartas, revelado en Tomás Gutiérrez Alea: Volver sobre mis pasos, una idea de su esposa y colaboradora Mirtha Ibarra.

Aquí leemos sobre el hombre que se disculpa e intenta reconciliarse con otros y con él mismo como cuando comparte con Saulius -hijo de Mirtha- un saber acerca del obrar diario: "Aparte de que cada uno viene al mundo con sus inclinaciones propias y ellas son las que inician el camino de lo que uno va a ser, el medio en que uno vive se encarga de modificar estas inclinaciones, de ajustarlas, de encauzarlas en una u otra dirección".  Algunos han querido localizar extractos biográficos del creador en sus filmes.

Aunque ello se puede advertir, parece olvidarse que la vida entraña un camino y el arte otro. Titón decía: "el sentido de la vida es vivirla" y con esta estrecha posición, en apariencia, involucraba sus asuntos personales y sus vivencias cinematográficas. Ello no suponía que colocara su cámara frente a una realidad con intenciones creativas. Lo que se da por ausencia insinúa insatisfacción, genera una postura crítica por desconcierto, sobre todo, si una sociedad prefiere más las utopías a los hechos concretos.

Entonces, no sería desacertado asociar el conjunto fílmico de Gutiérrez Alea a un cine de la emergencia para con los cubanos. Se arriesgó en y desde la Revolución y el tiempo le está dando aún la razón.

Su obra audiovisual es complementaria por testimonial y propositiva con respecto al devenir histórico de los cubanos. No por gusto su cine localiza las miserias humanas ante las indiferencias de quienes se envuelven en la frágil victoria. No obstante, Titón nunca fue ni un resentido y menos un pesimista: "Cuando uno aprende a valorar sus propias acciones, es el momento en que uno empieza a ser mejor, a madurar, y a sentirse mejor con uno mismo".

Qué hubiera hecho Tomás Gutiérrez Alea después de Guantanamera? Queda en el campo de las conjeturas.

Sin embargo, cabe imaginarlo retomando quizá un pasado proyecto a partir de un referente literario; quizá en el reparo de un fenómeno social que conllevase un significativo tratamiento cinematográfico y, al unísono, la escritura de sus memorias.

Casi todo se esperaría de tan inquietante realizador. Ahora, no es preciso complicarse en lo que pudo haber sido y no fue. Es suficiente una obra que todavía sorprende por su sensibilidad artística y vigencia temática. ¿Habrá mejor y mayor legado para la posteridad?