He visto en la Sala el Sótano, de La Habana, Liya y Reina: una autodenominada comedia. Es un trabajo del colectivo teatral Aries. Curioso nombre ¿verdad? Ese es mi signo zodiacal y dicen que somos empecinados, testarudos, impulsivos y muchos humores más que a veces nos hace ser insoportables.
Tengo que decir francamente y profesionalmente que me resultó insoportable la puesta de Liya y Reina.
La Sala El Sótano es para mí la sede de sucesos escénicos inusitados, desproporcionados, en cuanto a sus calidades artísticas; muchas veces cuestionables desde todos los ángulos de la teatralidad.
Como espectador en ningún otro teatro he recibido tanta atención y amabilidad por parte de los trabajadores que venden entradas, acomodan, atienden al teléfono con gentileza y son capaces de dar todos los datos de las obras que se ponen en una programación que no se detiene.
Por otra parte son muy esmerados en el orden, la disciplina, la limpieza; y, en general, los aspectos técnicos son cuidados en las presentaciones. El Sótano tiene espacio para dar mucho más en cuanto a calidad teatral.
Si bien yo he visto en su magnífico y cálido escenario obras que me han movido la butaca por sus calidades, como espectáculos escénicos tengo que decir que también he visto (de manera reiterada) representaciones que no tienen la más mínima posibilidad de ser consideradas como tales.
Condiciones objetivas tiene El Sótano para que una puesta en escena no carezca de posibilidades de enunciación global adecuada: personal técnico, una planta física adecuada, un equipamiento técnico elemental y suficiente, además de una ubicación estratégica dentro del circuito cultural de la ciudad.
Sin embargo, suben a su escenario grupos con propuestas que ni siquiera soportan un somero análisis. No procede una enumeración de ellas pero sí tenemos que estar alertas y no perder el rasero en cuanto a la objetividad forzosa en la calidad teatral, más allá de criterios enchumbados en las inevitables y hasta necesarias subjetividades del criterio.
Tengo que decir que en El Sótano he visto presentaciones como El mar de los sargazos del colectivo Rompetacones, que para mí fue una revelación por su calidad y profesionalismo. Sin embargo, la que acabo de ver, autodenominada comedia, manifiesta muchas deficiencias.
El curioso nombre de Liya y Reina hace alusión, no sé por qué, a las ollas de cocinar; aunque la única indicación a la comida que se hace en la representación es a través de una burda y desagradable situación, cuando uno de los personajes sufre un accidente estomacal que le provoca una descomposición intestinal con la consecuente evacuación repentina, y en esto hay un regodeo que pretende ser cómico.
Liya y Reina si es sainete, es escuálido, detenido en algo de intermedio con afanes cómicos; y como sketch es innecesariamente agitado e incontrolado.
Si es una propuesta de entretenimiento, lo es; pero de muy mal gusto con gags que se mueven entre lo burlón visual y lo verbal ordinario. Las actuaciones son escolares. La constelación de personajes son portavoces de un texto que no tiene ni el más elemental acercamiento a lo que podría ser una comedia.
No hay ironía ni sátira. El humor que se pretende no disfruta de lo cómico, no se goza siquiera de la broma al no existir la sorpresa, ni lo singular. El exceso caricaturesco de las situaciones y los personajes distorsionan los efectos de comedia que se atribuye la representación de Liya y Reina.
Los procedimientos que persiguen lo cómico en esta puesta se centran en las bromas sexuales, lo excrementicio y la utilización, a través excesos y amplificaciones, y a la vez simplificaciones, de determinadas características físicas y mentales; aprovechando e imitando deformaciones corporales y síquicas.
¿Comedia porque quiere hacer reír y ya?
Es que carece de lo concerniente a lo teatral al asentarse en una representación de realidad imitada sin procedimiento artístico adecuado. La invención dramática y escénica es nula.
El ritmo es de una aceleración insostenible porque se trata de un ritmo actoral y no del ritmo de la acción y por eso decae. El nivel de simplificación de los personajes no tiene consecuencias de comicidad, resultando en una autoparodia de los mismos actores.
Sabemos que lo cómico debe tener una inventiva e intención estética en el escenario. La comicidad arrasa, pero en Liya y Reina nos aplasta lo grotesco en lo más fatal de sus manifestaciones.