Baste saber que sin música no habría danza, en tanto (con la mutilación del verbo) se requieren otros elementos que permitan al cuerpo transmitir lo que la garganta no puede.
Así ha sucedido en muchos siglos de tradición. Evoquemos, por ejemplo, las composiciones escritas para que Luis XIV o Rey Sol realizara sus bailables, como grandes títulos del ballet que gozan de melodías compuestas para estos fines.
Las mismas son calificadas por lo común como simples y simplistas, para que el realce sea a partir de los bailarines o danzantes, lo cual permite que esta permanezca en un segundo plano o de simple acompañante.
Y, mientras la música ha ido desarrollándose vertiginosamente con los cánones propios de cada período musical, no resultó así para las composiciones destinadas al ballet, a tenor de lo subrayado con anterioridad.
Sin embargo, con la llegada del Romanticismo varios compositores realizaron obras magistrales con el único fin de hacer danzar; como el francés Leo Delibes, quien compuso una difícil y versátil partitura desde el punto de vista orquestal: la magna partitura del ballet Coppelia.
Es esta una obra cuajada de detalles sonoros y complejidades sinfónicas, desde las formas del vals, danzas españolas, escocesas y muchas más que exigen una orquesta bien preparada para enfrentar la interpretación adecuada de los cánones franceses del período.
En tanto el ruso Piotr I. Chaikovski fue altamente censurado en su época por la música para la triada perfecta que conforman El Lago de los cisnes, La bella durmiente y Cascanueces.
Criticado por derrochar tanta buena música y con un sinfonismo a ultranza para una simple historia de ballet, el derroche de sensibilidad, la plenitud musical y el exquisito gusto de Chaikovski ha permitido que tales composiciones formen parte indispensable de programas de conciertos sinfónicos.
Entre otras creaciones que pudieran señalarse en esta breve selección se encuentran Espartaco con música de Aram Jachaturiam o Petrushka, El pájaro de fuego y La consagración de la primavera de Igor Stravinski (grandes caballos de batalla de dificilísima ejecución por la complejidades que encierra) demandantes de experimentados músicos para saber captar la esencia para los fines con se escribieron.
Sin embargo, existen elementos en los que debemos detenernos y analizar.
¿Se interpreta con todo el rigor la música de ballet o danza? ¿Entienden los músicos - intérpretes que el público además de observar las danzas escuchan la música interpretada? ¿Cuántas veces resultan mal ejecutadas? ¿Se considera la importancia de una compensada ejecución?
¿Se debe adecuar la música a los tempos en que fue escrita para adecuarse a las posibilidades o gustos de los bailarines? ¿Se entiende el riesgo que acarrean los cambios dinámicos, agógicos y sentidos en las melodías partes de un todo?
Sin música no habría danza, aunque la utilización de compases silentes, es música con marcada carga dramatúrgica.
No debe subestimarse en ninguna medida que la música es tan protagonista como el mismo baile, aunque hayan composiciones tan simples como las de Giselle de Adolph Adam, o Don Quijote de Ludwig Minkus. Pero no olvidemos que no hay obras simples sino bien o mal interpretadas.
Por tanto, que la monotonía de tocar la misma pieza en una larga temporada no haga mella en el buen hacer y los rigores. Cada presentación debe sentirse como un estreno.