A lo largo de todo el siglo XIX, la ópera fue un género dominante en la cultura musical europea, subyugando con su estilo, a una buena parte de otros géneros; sobre todo vocales y, en especial, las partituras religiosas.
El Cicilianismo, movimiento inspirado en la figura de Santa Cecilia (patrona de la música), fue una reacción en contra de la música romántica y de los excesos operáticos implantados en la creación litúrgica; con lo cual, devino exhortación a retomar la esencia de los géneros sacros, usando como molde el canto gregoriano y los grandes polifonistas del siglo XVI.
La primera asociación ceciliana surgió en 1868 en Ratisbona (Alemania) y en torno a ella se creó una Escuela de Música Sacra que alcanzó prestigio en toda Europa.
Sin embargo, aunque congregó varios países como España, Inglaterra y Checoslovaquia, (además de Alemania), el Cicilianismo tuvo en Italia una fuerte presencia; sobre todo en la figura de Lorenzo Perosi (1872-1956), clérigo y compositor nacido en Tortona, provincia de Alessandría; y que por su labor dentro de la reforma de la música religiosa, al frente de la Capilla Sistina del Vaticano, sería llamado luego «el Palestrina del siglo XX».
Si bien Perosi integró en 1890 junto a Puccini, Mascagni, Leoncavallo y otros el grupo «Giovane Scuola» (Joven Escuela), muy pronto descubrió que su verdadera vocación como compositor no incluía la música escénica. De hecho, fue el único autor de esta sociedad que nunca compuso una ópera.
Esto se debe en gran medida a las peculiaridades de su educación musical, pues en 1890 y durante un par de años, trabajó como organista y maestro de canto en la Abadía de Montecassino y a continuación estudió en Ratisbona junto a Franz Xaver Haberl, sacerdote austríaco y reconocido compositor de obras sacras, además de investigador, editor de la obra de Lasso y Palestrina y gran impulsor del Cicilianismo en Alemania.
Este corto pero influyente periodo resultó determinante en la formación de Perozi, ya que despertó su amor por el canto gregoriano y su necesidad de profundizar en todo el repertorio histórico de la música religiosa.
Otros compositores incluidos dentro del movimiento Cicilianistaen Italia fueron Raffaele Casimiri, Oreste Ravanello, Federico Caudana, Raffaele Manari, Luigi Bottazzo, Marco Enrico Bossi y Filippo Capocci
Un impulso decisivo dentro del movimiento ocurrió en 1903 cuando el papa Pio X redactó el Código Jurídico de la Música Sagrada, en el cual se promulgaba la implantación obligatoria de la reforma de música sacra que había venido gestándose en Europa desde mediados del siglo XIX.
«Motu Proprio» son las palabras latinas con las que se iniciaba el documento papal y que a partir de entonces pasaron a designar comúnmente la totalidad de este texto.
El «Motu Proprio» fue el primer documento con validez normativa que trató de implantar en todas las diócesis católicas una reforma de la música sacra que, hasta el momento, se había ido extendiendo de manera irregular gracias a la labor de las asociaciones cecilianas diseminadas por varios países de Europa.
Su objetivo era dignificar la música interpretada en los cultos religiosos, sustrayéndola de la influencia de otros géneros profanos y teatrales, y reapropiarse de las fuentes originales de la tradición histórica de la música sacra.
Aunque por varios años este documento papal rigió sobre la música ejecutada en las iglesias, llegó a su fin con la promulgación en 1963 de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium. Más tarde, en 1967, la Instrucción de la Congregación de Liturgia Musicam Sacram devino cambio radical en los criterios a seguir a cerca de las obras que debían interpretarse en los templos.
A partir de entonces, y hasta hoy, se permitió la entrada de todo género, estilo musical e instrumentos (incluidos los de folklore tradicional); con el propósito de fomentar una participación lo más plena, inclusiva y activa posible de los fieles dentro de la liturgia.