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Bernardo Lichilín: treinta años dedicados al arte

Bernardo Lichilín. Foto: Radio Cadena Habana

Por el número de títulos interpretados, la cantidad de recitales ofrecidos o la envergadura de programas, se distingue a un buen cantante. Pero si además, no menosprecia públicos o escenarios, hablamos entonces de un respetable artista; y de todo ello, da cuenta el tenor Bernardo Lichilín.

En 1990, siendo alumno de la soprano rusa Mariana de Gonitch, el joven intérprete debutó felizmente en el Teatro Mella de La Habana; para probar suerte  en diferentes agrupaciones y compañías, hasta que llegó a la Ópera Nacional de Cuba de manos del Maestro Manuel Pena y la contralto María Dolores Álvarez.

Mas sería la Maestra Elena Herrera quien lo acogió al quedar cautivada con su arte, permitiéndole asumir pequeños roles en algunas puestas en escena desde su acceso a la formación; y, tras pocos años de experiencia, dar vida a personajes de una decena de  óperas.

Destacaron en su voz protagónicos en El Barbero de Sevilla de Gioachino Rossini, El retablo de Maese Pedro de Manuel de Falla; Lucia di Lammermoor y Rita de Gaetano Donizetti; así como Bastián y Bastiana de Wolfgang Amadeus Mozart; y la zarzuela El Cafetal de Ernesto Lecuona.

Importantes cantantes y pianistas del momento compartieron escena con el novel tenor en salas y teatros del país y el extranjero; al igual que excelsos nombres de la actuación, el canto y la danza, como Alicia Alonso, María de los Ángeles, Santana, Rosa Fornés y la española Cristina Hoyos.

En palabras del propio Lichilín fue «una dicha» trabajar bajo las direcciones escénicas de Armando Suárez del Villar, Iván Tenorio, Gilberto Enríquez, Ana Menéndez y Pedro Arias; de quienes aprendió el desenvolvimiento escénico y el saber decir. En tanto, relevantes directores musicales aportarían sus dosis. Entre ellos E. Herrera,  Roberto Sánchez Ferrer, Enrique Pérez Mesa, Manuel Duchesne Cuzán, Iván del Prado y Anarelis Garriga.

Sin embargo, el canto lírico no quedó en su vocación y primeras preparaciones. Por eso, en 1998 y bajo la tutela  de M. Pena, se graduó de la especialidad de Canto Lírico del Instituto Superior de Arte. Aportes adicionales llegaron a través de Luis Carbonell y clases magistrales recibidas de la mezzosoprano española Teresa Berganza.

Por entonces, en 1995 y durante una extensa gira con la Ópera Nacional de Cuba con La Traviata de G. Verdi, Tosca de G. Puccini y Lucia di Lammermoor de G. Donizetti, el artista (además de los roles asignados), debió suplir eventualmente  en algunas funciones a otros colegas, indispuestos.

A su regreso y tras incomprensiones de los directivos de la compañía, Lichilín decidió abandonar las artes escénicas para dedicarse a la música de concierto, que lo llevaron a formar parte del catálogo del Centro Nacional de Música de Conciertos, como cantante de primer nivel, donde permanece has la actualidad.

Fue aquella época, cuando también participó  en diferentes certámenes de canto, resultando acreedor de varios galardones, entre los que destacan el Primer Premio en el Concurso Rodrigo Prats (1992); Gran Premio en el Concurso Rita Montaner (1993); y el Primer Premio del Concurso Gustavo Sánchez Galarraga (1995); a los que sumó en 2002 el Premio de interpretación en el XVII Festival Habaneras en La Habana.

En particular, Lichilín recuerda con mucho agrado, el Sello Juan Marinello que recibió por mantener una destacada labor artística; llevando su arte al público de  las montañas,  durante varios años.

Para su orgullo resultaron relevante, igualmente, su participación en ediciones de los festivales internacionales de Ballet de La Habana; de Música Religiosa  en Extremadura, España; de canto en la Ciudad de Trujillo, Perú; La Huella de España; y  la Cumbre Iberoamericana de Presidentes de Estado, en 1999.

Así, la pasión por el canto lírico, sencillez,  humildad profesional  y la permanencia  en el género durante estas tres décadas, han hecho que nuestro tenor  haya mostrado el género en todas sus vertientes por México, España, Portugal, Austria y  Estados Unidos.

Una vida entregada a lo que ama y  defiende, como base del  buen arte que engrandece y prestigia la  cultura cubana.


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