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El mambo: ¿género bailable popular o creación coreográfica?

Coreografía de mambo cubano. Foto: Internet

Muchos géneros musicales se asocian con expresiones bailables, sobre todo entre creaciones populares que trascienden en las culturas de los pueblos. Cuba es uno de los países que más géneros bailables ha colocado en el favor de los bailadores de todo el mundo y de todos los tiempos y aún hoy, cuando muchos han desaparecido de nuestros espacios, se bailan por los aficionados o son transformados por los cultores del llamado ballroom, estilo sofisticado de interpretar las danzas de salón.

En nuestra cultura danzaria hay un baile que apareció como respuesta a un ritmo nuevo que cada día ganaba más adeptos. En 1939 la Orquesta Arcaño y sus Maravillas estrenó un danzón que en su última parte incorporaba una cadencia más rápida para satisfacer a los bailadores que exigían algo más vivo para lucir sus habilidades. Ese danzón, de Orestes López, se tituló Mambo, y así fue conocido popularmente el género que los músicos llamaban «danzón de nuevo ritmo«; y, a pesar de controversiales opiniones, esta fecha se estima como la del surgimiento del ritmo musical.

Años más tarde el pianista matancero Dámaso Pérez Prado lo popularizó cuando viajó a México en 1949, y en este país tomó carácter de ciudadanía, al tiempo que causó furor. Pero los bailadores necesitaban una forma de bailar, esas síncopas incómodas para el tradicional estilo danzonero, con ese agarre meloso y provocativo, esa conversación danzada surgida a fines del siglo XIX y que se convirtió en nuestro baile nacional.
 
¿Quién creó el mambo como género bailable? Si tomamos en cuenta que los bailes tradicionales no tienen un creador conocido, inútil será buscar el padre del mambo en tanto danza; pero siempre se buscan los antecedentes de un baile anterior, una evolución directa, como había sucedido en nuestra historia desde la danza, el danzón y el son, que se rompe con el mambo, más dinámico, solista y plagado de influencias foráneas, sobre todo afronorteamericanas.

Por eso, la historia del mambo como baile popular no parece haber surgido de los bailadores, sino de coreógrafos, como sucedió en la década de 1970 con el mozambique, el pilón o el pacá. Así, la idea de descubrir si este ritmo pasó a la danza como invención popular o por creación artística, o ambas, es siempre atractiva.

Dos líneas se simultanean en el tiempo: en 1947, Roderico Neyra «Rodney» (el más tarde famoso coreógrafo de Tropicana) creó un grupo para actuar en el filme Zamba rumba que debutó en el teatro Fausto como Ballet Negro de Rodney y luego actuó en los escenarios del América y Tropicana.

Al año siguiente y con motivo de la filmación de María la O, el Chato Guerra, dueño del Follies Bergere de México, descubre a las Mulatas de Rodney y, como Mulatas de Fuego, las contrata para girar por la tierra azteca. El elenco lo integraban las bailarinas Meche Lafayette, Meche Montaner, Martha Castillo, Sandra Taylor, Anita Arias, Olga Sotolongo y Olga Socarrás; además de la cancionera Vilma Valle, la guarachera Celia Cruz y la cantante y bailarina Elena Burke, posteriormente reconocidas en el panorama de la canción cubana e internacional.   

Las Mulatas de Fuego exhiben la coreografía del mambo, que rápidamente fue llevada a los cabarets y al cine, con otras cubanas llamadas «rumberas» como Ninón Sevilla, Meche Barba, María Antonieta Pons o Amelita Vargas, mientras el estilo y repertorio de aquellas primeras se reprodujeron en grupos como Las mamboletas o Loquibambia, entre otros.
De ser cierta esta hipótesis, el mambo no sería un baile tradicional popular, al tener un creador conocido: el coreógrafo Rodney. 

Sin embargo (y los caminos de la investigación nos llevan a destinos insospechados) en su ensayo Déjame que te cuente de Bola, Ramón Fajardo Estrada inserta una entrevista a Bola de Nieve publicada en la revista Bohemia el 12 de noviembre de 1950, donde el extraordinario cantante y pianista refiere un hecho poco conocido y que puede convertir al mambo en el género bailable tradicional que todos conocen.

Dice Bola: «Como danza, el mambo aparece en la imaginación del cubano, impulsado, sobre todo, en nosotros los negros, por la infinita admiración que nos provocaron los bailables de la película norteamericana Morena oscura. En uno de los últimos momentos de esta producción aparece un conjunto que baila, ni más ni menos, lo mismo que, como mambo, ahora baila el pueblo de Cuba. (…) Katherine Dunham, la más grande bailarina negra de los Estados Unidos, prefirió nuestra expresión musical y no la que creó ella, al montar un ballet en el que utilizó a bailadores cubanos reclutados en la playa de Marianao y cabarets de La Habana, los que se llevó de aquí a principios de 1947».

Lo cierto es que, en tanto baile popular, el mambo surgió como necesidad de los bailadores que no se conformaban con las cadencias del danzón: y, a partir de las transformaciones de Pérez Prado, devino nuevo ritmo que los propios bailadores mezclaron junto a diversos elementos, entre ellos bailes negros de los Estados Unidos como el boggie.

La creación de Rodney para las Mulatas de Fuego le dio carácter espectacular y se difundió a través del cine mexicano por todo el continente, hasta llegar en la década del cincuenta a los salones cubanos.

Con el texto de Bola de Nieve, podría afirmarse que, aunque la famosa Dunham lo haya reelaborado artísticamente, el mambo surgió como baile desde el pueblo, y entonces sería una extraña muestra de tradición popular, con las influencias norteñas y raíces africanas.

Entonces, finalmente, ¿es el mambo un género popular o una creación coreográfica? Quede pendiente la respuesta.

*El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional.

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