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La excepcional voz de la vedette

María de los Ángeles Santana. Foto: Internet

En María de los Ángeles Santana tuvimos en Cuba a una soberana vedette, sin fronteras escénicas: al verla en un rol dramático sabíamos que no eran sus límites; y, si representaba un personaje cómico, era posible reconocer que su poética devenía banquete infinito.

Más que cantante fue actriz y más que actriz fue una mujer que hacia música. No por gusto se le confirieron los premios nacionales de Música, Teatro y Televisión.

Quiero destacar que, en María de los Ángeles Santana (con su elocución fácil, elegante, clara y precisa), la voz constituía uno de sus baluartes escénicos; entre todos los significantes de los significados, del magnífico acontecimiento teatral que fue, y por el que la hemos venerado.

En toda puesta en escena logocéntrica, o donde la palabra tenga relevancia sobre los demás sistemas significantes, la elocución como forma de expresarse va acompañada del ritmo, de la entonación y la cualidad fónica convenientes.

El acontecimiento escénico ya sabemos que es una totalidad significante polifónica y, dentro del espesor de signos que hacen de la teatralidad una cualidad escénica, está la voz, a veces relegada, colocada en un plano subsidiario en la puesta en escena.

Así que, en nuestras artes escénicas, tenemos la excepcionalidad de la voz de María de los Ángeles Santana; y esta ocurrencia cada vez se me hace más evidente cuando, entre nuestros escenarios, abunda tanto el atropello lingüístico; hasta en aras de una cubanidad que resulta sumamente menoscabada.

En la Santana, la calidad y claridad de la entonación, como de la acentuación, alcanzaban el ritmo que semántica y sintácticamente hacían de su enunciación uno de los casos más perfectos en términos prosódicos y fónicos.

La cualidad significante de su voz alcanzó la cota más alta en el teatro, como en el cine y el cabaret, los musicales y revistas, al igual que en el teatro musical y la televisión; sin ampulosidades ni afectaciones, tampoco sin eventos enfáticos en busca de efectismos manipuladores.

Y por supuesto: siempre será recordada por uno de los personajes más memorables de la televisión del país: la alcaldesa Remigia de San Nicolás del Peladero, el más célebre y aun recordado programa, puesto en el aire durante 24 años ininterrumpidos, donde compartió carteles junto a los no menos paradigmáticos Enrique Santisteban (encarnando al alcalde del icónico pueblo) y Germán Pinelli como Éufrates del Valle.

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