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La grandeza de Caruso

Enrico Caruso. Foto: Internet

Cuando el mito preserva, envuelve, y escolta a través del tiempo a un artista,  este se convierte en historia; y sin dudas, hablar de Enrico Caruso es hablar de la historia de la ópera, con todos los atributos que pululan alrededor de su figura y de este género musical.

Caruso fue el  divo por excelencia, brilló en una época en la cual los tenores habían logrado homologarse a las sopranos en sus respectivos roles principales y marcó con su voz y su personalidad, un punto de inflexión irreversible  en la memoria  del canto lirico.

Nació el 25 de febrero de 1873 tan pobre como su familia, en Nápoles, y tuvo veinte  hermanos de los cuales sobrevivieron solo siete.  A los 10 años (aunque  trabajaba como mecánico en un taller), ya afloraba  su amor  por el canto, confortado  por sus ostensibles dotes vocales. Su primer solo se escuchó  en la Iglesia de San Severino, en Nápoles, integrando el coro parroquial; y en su primera juventud  tomó algunas clases de canto con Guglielmo Vergine.

Cuando contaba 22 años  ocurrió su debut como solista en Nápoles y a continuación se presentó en otras ciudades italianas. No obstante, su primer gran éxito se sitúa en el teatro Lirico de Milán, el 17 de noviembre de 1898, con el estreno de la ópera Fedora de Umberto Giordano;  y  si bien  la obra no fue muy bien recibida por la crítica, aquel joven napolitano  que interpretó el rol de un acaudalado terrateniente, comenzó a llamar la atención.

A partir de entonces su fama escaló peldaños cada vez más altos y sus presentaciones recibieron la venia de públicos y críticas en  Londres, Montecarlo, Roma, San Petersburgo  y Lisboa; y con su debut en 1903, en el Metropolitan Opera House de Nueva York, se consolidó su jerarquía artística hasta el punto de convertirse a parir de 1905 en  el tenor preferido de este coloso de la ópera, presentándose en más de noventa oportunidades.

Pero Caruso, además de  un excepcional cantante, fue el divo por excelencia, porque su voz fue tan brillante, poderosa y deslumbrante; como el glamour que le acompañaba. En sus biografías se asegura que amaba la música tanto como el buen comer, el buen vestir, las buenas bebidas y los puros, lucir esplendorosamente y disfrutar a plenitud de los placeres de la carne. 

Y sí, nació pobre, pero sus actuaciones y sobre todo su incursión en el mundo de las grabaciones (registró  por primera vez su voz en 1902 en un fonógrafo  con un resonante éxito), le proporcionó una fama  increíble y un patrimonio millonario. 

A partir de 1905 se instaló  definitivamente en Estados Unidos y  cinco años más tarde, en la cima de su carrera, comenzó a padecer de tos persistente; hasta que, en poco tiempo,  sufrió una hemorragia pulmonar. Seis meses más tarde regresó a Italia en el intento de recuperar la salud que por cortos periodos parecía posible.

En abril de 1921 comenzaron los preparativos para una gran gira, pero en junio regresaron sus dolencias; y Enrico Caruso, el paradigma del inmigrante italiano pobre que se convirtió en millonario, del figurín por excelencia, y del tenor excelso (inigualable para muchos) que llevó  su voz al gran público, falleció el 2 de agosto de 1921 a los 48 años de edad.

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