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La moda en «el regreso a la naturaleza»

El suéter de cuello alto fue una prenda típica de los setenta, en especial a rayas y combinado con un pantalón de campana o minifalda. Foto: Internet

Entrando en la década de 1970, la moda de ese momento sufrió cambios sustanciales, y entre todo el «regreso a la naturaleza» fue la respuesta clave que provocó, al inicio de la crisis del petróleo (si no lo había hecho ya antes), que muchos se pusieran a hacer punto y ganchillo.

Toda la ropa que lo permitiera se confeccionaba de este modo y las labores se hicieron extensivas a la decoración de la vivienda, bajo la forma de colchas, almohadas, cortinas y pantallas de lámparas. La tendencia a realizar labores de punto también dejó su rastro en la alta costura y, en tal sentido, la diseñadora francesa Sonia Rykel se hizo famosa en esa época.

Además de chaquetas y jerseys de punto, se hicieron trajes con las variantes más dispares: durante mucho tiempo estuvieron en boga los abrigos largos de punto y el blazer de punto sustituyó al estándar de tela, que resultaba más rígido.

Por otra parte, el patchwork (es decir, una tela formada por tejidos de distintos colores y estampados cosidos entre sí) se fue imponiendo, pues proporcionaba una apariencia rústica, muy parecida a la del ganchillo.

Nacido por la necesidad, entre los pioneros pobladores de los Estados Unidos, el patchwork se convirtió en el último grito de la moda en el mundo entero durante los setenta; al tiempo que Yves Saint Laurent lo elevó al plano de la alta costura, utilizándolo en infinidad de ocasiones en las colecciones zíngara y la de abrigos de piel con patchwork.

Entonces, también se hizo presente el ingenio popular motivado por el regreso al pasado, irrumpiendo de esta manera un estilo nostálgico: gustaba todo lo que recordara a las modas del siglo XIX y del XX, así como las alusiones a la tradición rural de Europa y el resto del mundo: blusas a la usanza de la abuela, faldas largas igual que las llevadas por las campesinas, faldas de gitana, chales indios, atuendos beduinos y chaquetas afganas, entre otras más.

El resultado (visto ya por la moda profesional) fue una mezcla de estilos, ya que no se adoptó uno en concreto, sino de elementos de todos ellos; por lo cual, el eclecticismo proliferó en la alta costura.

Precisamente, y volviendo a Saint Laurent, en 1976 presentaba una colección inspirada en los Ballets Rusos que dio mucho que comentar a favor y en contra de la atrevida propuesta: faldas ostentosas provistas de ribetes dorados, abrigos de cosacos y chaquetas de boyardos confeccionados ahora en terciopelo; las piedras preciosas, las orlas de piel, los gorros, los borlones de oro y otros accesorios complementarios, consumaban el lujo orientalizante de un modo muy francés.

Para completar, el exitoso modisto (que en 1977 andaba por los 41 años de edad) lanzó entonces su perfume Opium que, con su fuerte y dulzón olor, causó el delirio entre las mujeres de aquella época, quedando en la actualidad como un aroma de nostalgia o recuerdos para ellas.

Los préstamos de épocas pasadas o de otras culturas, ponían de manifiesto que se vivía en una época de transición, también desde el punto de vista de la moda; de modo que los setenta, no crearon ninguna silueta nueva.

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